domingo, 8 de agosto de 2010


No pasa día sin que piense en el pelo. Cortárselo mucho, poco, cortárselo rápido, dejárselo crecer, no cortárselo mas, raparse, afeitarse la cabeza para siempre. No hay solución definitiva. Esta condenado a ocuparse del asunto una y otra vez. Así, esclavo del pelo, quien sabe hasta reventar.
(…) ¿Cómo el, que es un caso, como el, con su problemita, sigue yendo a peluquerías por primera vez? ¿Cómo es persiste en ir de ese modo al matadero? Y sin embargo es así: sigue. No puede no seguir. Es la ley del pelo. Cada peluquería que no conoce y en la que se aventura es un peligro y una esperanza, una promesa y una trampa. Puede cometer un error y hundirse en el desastre, pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si da por fin con el genio que busca? ¿Y si por miedo no entre y se lo pierde?

Alan Pauls.

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